
Esta vez no voy a dar datos duros respecto a ningún tema, dado que se trata del último artículo del año, quisiera compartirles que los mejores recuerdos de mi infancia pertenecen a las Navidades que viví con mi familia y cuando me refiero a familia no hablo de sólo mi familia nuclear compuesta por papá, mamá y hermano; me refiero a la familia completa abuela, tíos y primos.
Los regalos son una parte importante de la celebración, sobre todo cuando se tienen menos de 10 años de edad, sin embargo, lo que disfruté más y ahora vive en mis recuerdos son imágenes casi fotográficas de los preparativos con mis padres en casa y la cena en casa de mis tíos.
Durante los preparativos recuerdo a mi mamá en la cocina sazonando ese delicioso adobo que sólo aparece en Navidad, mi papá llegando a la casa con dulces de colación, chocolates negros redonditos con chochitos de color, frutas secas y castañas que no faltaron en ninguna de las navidades... y su prisa por irnos a la cena con la familia.
Mi hermano ansioso por poner nuestras cartas a Santa Claus en el arbolito de navidad y más ansioso por saber si nos traerían los Transformers que pedimos; toda la escena musicalizada con acetatos de los Pitufos en Navidad, Las ardillitas de Lalo Guerrero o temas de navidad interpretados con Big Band.
El camino hacia la cena era largo pues tomábamos aproximadaMENTE una hora de carretera para llegar a la casa de mis tíos que era un paraíso en estas fiestas por estar situada en un lugar cuyo clima en diciembre no cambia del todo. Conforme avanzábamos en medio de la ciudad alumbrada con foquitos el nerviosismo aumentaba, no sé si porque mi papá comenzaba a discutir por algo que se había olvidado o porque sabíamos que nos acercábamos poco a poco a la cena, las corretizas con los primos y al intercambio de regalos, del que por cierto sólo recuerdo una muñeca rockera con cabello morado y corte de los ochenta y un camisón amarillo del perro de caricatura que no habla, quizás porque lo que recibí en otros años no me pareció tan interesante.
Ya instalados en la casa de mis tíos lo que seguía era jugar con los primos pues era difícil que nos juntáramos los 16 fuera de esa fecha.
El intercambio era antes de la cena y tardaba como una hora pues entre primos, tías y tíos eramos mucha gente. Uno de esos años mi tía, la de lentes, se vistió de Santa Claus y repartió todos los regalos del intercambio paseándose por el patio de la casa fingiendo la risa del señor gordo con traje rojo; debo confesar que por un momento me sorprendió y dudé que una de mis tías estuviera dentro de ese traje, aun cuando la risa de ese Santa Claus, era mi tía, la de los lentes, imitando a un imitador de risas de Santa Claus en contextos diferentes.
La cena se componía de ricos y variados platillos; el adobo sobre carne de puerco preparado por mi madre, un gran pavo cortesía de la tía de cabellos cortos y rojos, una pasta rellena en forma de quesadillita cocinada por la tía y su migraña, la deliciosa gelatina hecha por mi abuelita, que bien pudo haber posado para un foto cuento con su chonguito gris, su sweter de colores tejido por ella y sus lentes de abuelita.
Lo mejor de la cena en esas navidades fue ver a toda mi familia reunida para cenar sin prejuicios, sin mentiras, sin envidia, sin tristeza y con muchas ganas de compartir, comer, brindar, reir y dar algunos pasitos de baile ai nomás pa sacudirse el polvo. El siguiente recuerdo que tengo es en mi casa el 25 de diciembre e inicia con el eterno recorrido desde la calle hasta la puerta de entrada para ver los regalos que Santa Claus dejó abajo del arbolito de navidad para mi hermano y para mí en nuestro respectivo zapato, durante nuestra ausencia la noche del 24.
Abrir los regalos iba acompañado siempre de una serie de conjeturas e hipótesis que mi hermano y yo hacíamos para explicar ¿cómo Santa Claus entró a la casa y dejó los regalos en el zapato correcto?
Conjeturas que se convirtieron en leyenda el día en que el señor del traje rojo y barba blanca metió una bicicleta por la rendija que quedaba entre las puertas de una combi-camper de mi padre. Mientras abrimos los regalos el olor a castañas asadas en el comal recorre la casa mientras mi papá con un cigarro en la boca las voltea, al tiempo que mi madre prepara un recalentado de la cena traído en itacate desde la casa de los tíos, para luego colocarnos los cuatro a ver películas y quemarnos los dedos para pelar las deliciosas castañas que un año más mi papá escogió victoriosaMENTE en algún supermercado cerca de su trabajo...
Por todo esto creo que la Navidad no sólo es comprar regalos a meses sin intereses; es compartir con familia y amigos la alegría de estar juntos alrededor de una mesa, agradecer por los alimentos en ella presentes y porque una vez más nos reunimos para festejar el término de un ciclo.

